Nadie lo sabrá. Parece que sí; pero ninguno de los dos. Ni el lector, aunque lo intuya. El escritor mucho menos, él es quien más lejos está; pero cuando se habla de distancias en el infinito, no importa si es mucha o poca la distancia... desde todos los puntos es inalcanzable.
El queso, con el fuego, sucumbe a sus cualidades físicas y va transformánodose, se dobla y su solidez aparenta una lenta liquidez. Toda su materia, por razones que jamás llegaremos a conocer, se desliza -esa no es la palabra- hacia un solo punto. El punto nuevamente inalcanzable.
La vibración que sale disparada de un piano. La fuerza con que la mano golpea las teclas y el punto geotridimencional que la descubre y olvida. La solidez del silencio. La acuosa melodía. El queso que se congela y abandona al calor lascivo del fuego que le excita y hace brotar esa humedad sinfónica que sólo mediante el impenetrable silencio sabe fluir a la temperatura que a todo lo congela.
Tu voz provoca un eco infinito que jamás escuché. Así fue y no importó. Así será y a nadie le importa. Así es. ¿Terrible? ¡Haz algo!
Pero recuerdo que como el silencio... que como el hielo. En fin: así. Quizá un poquito del queso del ojo que se desliza por la mejilla. Pero eso ya gira en torno a otras cosas.
O.